lunes, 23 de marzo de 2009

La educación que abre la puerta a los monstruos


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¿DESPERTAREMOS alguna vez del sueño del culto a la infancia, al cual algunos preferimos llamar pesadilla?
Tres críos, en Sevilla, han hecho zozobrar todas las minuciosas convenciones que separan a una sociedad de una horda asesina. Ninguno llega a los veinte. Detenidos muy pronto, confesos enseguida, un mes de detención no ha servido siquiera para fijar la constancia de lo que han hecho. Pocas veces el desasosiego toca zonas tan hondas de este abismo: el alma humana. Todo cuanto sucede es síntoma. De algo devastador. ¿Qué hemos hecho para que sujetos apenas iniciados en el aprendizaje de la vida hayan blindado ya una maestría en el mal tan firme?

No hay hombre del siglo XX que pueda sorprenderse ante lo primordial del mal en la mente humana. Porque lo acontecido en la primera mitad del siglo poco tuvo que ver con el concepto clásico de la guerra. Y todo con la emergencia de cuantas determinaciones permiten poner en acto aquella crueldad que habita en los pliegues más oscuros de la mente humana. La que no siempre consigue hallar tiempos propicios al despliegue. La grandeza de Freud, la que aún hoy asombra a aquel que de verdad sepa guardar la serena lucidez necesaria para afrontar sus más duros hallazgos, reside en eso: constancia de que las ilusiones, sobre las cuales alzó el siglo diecinueve sus cálidos ensueños de progreso no resisten el choque de lo real; ni el del análisis. «Nos decíamos que las grandes naciones europeas, a las cuales se sabía al cuidado de los intereses mundiales y a las cuales se deben los progresos técnicos, tanto cuanto los más altos valores culturales, artísticos y científicos», habrían puesto coto a la tentación primitiva de lo bestial; que «habían prescrito al hombre elevadas normas morales, a las cuales ajustar su conducta»; que habían consumado, al fin, el ideal de «una amplia autolimitación y una acentuada renuncia a la satisfacción de los instintos». Era una fantasía.
El siglo que empezaba iba a traer una lección desgarradora a los ingenuos creyentes en un mundo de sopesadas racionalidades. Nunca se mató tanto. Nunca la crueldad alcanzó cotas comparables. En el fondo, concluye el maestro vienés, era de lógica: un animal predador no puede hacer de sus hallazgos más uso que aquel que está grabado en lo hondo de su código genético. Se precisa todo el coraje conceptual de Freud para dar fórmula a una constancia tan demoledora para nuestra especie: «Lo que ningún alma humana desea, no hace falta prohibirlo, se excluye automáticamente. Precisamente la acentuación del mandamiento No matarás nos ofrece la seguridad de que descendemos de una larguísima serie de generaciones de asesinos, que llevaban el placer de matar, como quizá aún nosotros mismos, en la masa de la sangre».

El predador hablante es constreñido por reglas, normas, disciplinas, que superponen a la crueldad primera un blindado sistema de limitaciones: la moral y el saber son eso. Represivos. Por definición. Porque educar es, ante todo, «amaestrar» a la bestia dentro de la cual nacemos. Y esa bestia no se extingue nunca. Y el honor de ser hombre está sólo en la desesperante sabiduría de que nunca -nunca- la veremos marcharse, que estará siempre al acecho y sólo morirá cuando muramos nosotros. Pero amaestrar es duro; antipático, reprimir. Los pedagogos, en el siglo veinte, inventaron el arma más mortífera. La llamaron «educación no represiva», ese oxímoro. Y abrieron el horizonte de un mundo a la medida de los monstruos. Nuestros monstruos.

¿Despertaremos alguna vez del sueño del culto a la infancia, al cual algunos preferimos llamar pesadilla?

Los vemos a diario en nuestras calles, pintarraqueando la pared de tu casa, rompiendo una cabina de teléfono, quemando una papelera, ensordeciéndonos con las motos que les compran sus papás como regalo por sus malas notas, dando voces en la madrugada "¡que le den por culo al que esté durmiendo!", llenando el patio de un colegio de botellas rotas, .... los vemos llamando "zorra" "puta" a su novia, y vemos como ellas están encantadas con los celos de su novio ¡es que me quiere tanto ...! sí hija, sí, hasta que te mate o te convierta en su esclava.
Son los "canis", repugnantes parásitos, niños pijos travestidos de bajunos, delincuentes con zapatillas nike último modelo, asesinos en potencia que sólo esperan la excusa más mínima para dar salida a su maldad ignorante.
Estos cabrones que mataron a la chavala de Sevilla se la están dando a la policia, la están mareando y, lo que es peor, la policia les sigue el juego con una escrupulosidad exquisita para que nadie vaya a sospechar que en algún momento han cruzado el límite del mayor respeto hacia los asesinos.
Lo peor de todo es cuando ves a esas niñatas imbéciles a las que se les cae la baba ante el chulo de turno. Al final tienen lo que se merecen.

3 comentarios:

Gli amici di Georges (Brassens) dijo...

Nadie merece esto. Ni siquiera las bobas esas que mencionas. Aquí sí que no estoy de acuerdo contigo: es como decir que han violado a una niña porque llevaba minifalda, es decir, porque iba provocando a los hombres.
Perdona, pero esa visión de la cuestión es de un machista que te cagas: yo tengo derecho a vestirme como me de la gana y los hombres, si tienen algún problema, que tomen bromuro!
Y si no, al burka me remito!

pacobetis dijo...

tienes razón. lo que pasa es que me hierve la sangre cuando veo a algunas que parece que les gustara que las maltraten y se me calienta la boca. después de tantos años avanzando parece que las más jovenes (al menos algunas) han dado un salto para atrás tremendo). una antigua alumna mía deja de estudiar para casarse ¡con 20 años! porque su NOVIO quiere que esté en casa pariendo niños. ¡me la quería comer cuando me lo dijo!
así que lo de "se lo merecen" era por la actitud de sumisión que presentan algunas ante el machito troglodita. en cualquier caso reconozco que nadie se merece eso y que el único culpable es el tipo que viola y mata.

Gli amici di Georges (Brassens) dijo...

Y, seguramente, el tipo de educación que recibimos, los unos y las otras... Dicen que de padres gordos, hijos gordos... y de padres violentos, hijos violentos... Creo que sólo si nosotros cambiamos nuestras actitudes frente a la vida, nuestros hijos también lo harán. Un escritor/filósofo catalán que no sé si conoces (Salvador Paniker) dice que "la educación no se enseña, se contagia", y creo que tiene razón.