martes, 23 de septiembre de 2008

Atrapados en sus garras


Anhelo de poder
Hay demasiado dinero en juego entre los políticos. Y también demasiada incompetencia para vivir de otra cosa
Gabriel ALBIAC (http://www.larazon.es/)

¿Hay vida antes de la muerte? Porque, como para pensar en vidas de «después» andamos. ¿Hay, de verdad, vida, o, al menos, una vaga esperanza de que la haya, antes de que la gran hija de perra se nos lleve a la zanja como está mandado? No es seguro. Porque es muy abusivo llamar vida a las vete a saber cuántas horas de trabajo, a las demasiado bien sabes cuán pocas horas de sueño, a las casi ninguna de indolencia o de sosiego. Todo para que, a través del infalible ordenador de Hacienda, el Estado te desposea de entre un tercio y la mitad de tus ingresos.
Los políticos gastan. Faraónicamente. Disparatadas cifras propagandísticas, con comisión al bolsillo propio o al de los amigos. Los políticos han multiplicado el precio de nuestras viviendas, mediante una ley del suelo que selló en la corrupción inmobiliaria su base financiera. Los políticos horadaron los cimientos de las cajas de ahorros, trocándolas en instrumentos de su dispendio. Luego, como una maldición bíblica de la cual nadie va a hacerse responsable, la recesión llegó. Y todos y cada uno de nosotros se vio súbitamente empobrecido. Todos, salvo los políticos. Cuyos sueldos jamás se ven erosionados en un céntimo por nada. Ni los de sus parientes. La casta se enriquece en tiempos de miseria como en los de euforia. Y lo único asombroso en todo esto es la dulce mansedumbre de los sacrificados.
La utopía platónica reposaba, hace dos mil quinientos años, sobre un axioma difícilmente refutable: «que el Estado en el que menos anhelan gobernar quienes han de hacerlo es forzosamente el mejor y el más alejado de disensiones, y que lo contrario cabe decir del que tenga los gobernantes contrarios a esto». España es hoy la contraprueba experimental de aquella básica sensatez ateniense. El anhelo de eternizar sillón y sueldo no es un avatar psicológico más o menos perverso. Es necesidad biográfica para todos aquellos que, privados de la sinecura del Estado, serían menos que el ínfimo de sus vecinos. Hay un abismo difícil de afrontar entre lo que la actividad laboral hubiera hecho con un Rodríguez Zapatero o un José Blanco, y la dorada opulencia en la cual la política los ha instalado de por vida. Existen casos aún más pintorescos: dé un repaso, aquel que tenga estómago para ello, al esplendor familiar del presidente del Senado. Pero hemos de ser justos: salvo rarísimas excepciones, que es preciso rastrear al microscopio, es la misma y señorial condición de todos cuantos en nuestro país viven del carné de partido; ya en instancias representativas europeas ya en nacionales, ya en el coto cerrado de las autonomías cuanto en el cerrado feudo de los ayuntamientos o en la recóndita madriguera de los irrespirables aparatos de partido.
Ahora que la recesión nos hace pobres. A todos menos a ellos. Ahora es un buen momento para echar mano de calculadora y hacer un par de cuentas. La primera: ¿cuánto de nuestros ingresos nos ha sido arrebatado para hacer ricos a esos gandules? La segunda: ¿cuánto nos ahorraríamos si elimináramos, al menos, la multiplicación de administraciones a la cual hemos llamado «Estado de las autonomías»?


Vivimos como podemos para mantener a esa panda de garrapatas llamados políticos. ¿Os habéis fijado que no hay un puñetero fin de semana sin el correspondiente "acto de partido"? da igual que sea un congreso, un mitin, una fiesta ... el caso es que Zapatero y Rajoy (y sus secuaces correspondientes) puedan salir en los telediarios de sábado y domingo y revolverte el estómago mientras comes. Y eso lo pagamos entre todos.

Menos mal que siempre puedes echar mano de un partido de la liga inglesa y mandarlos a hacer puñetas. ¡Ojalá fuera tan fácil impedir que nos chuparan la sangre! ahí si que no sueltan el bocado.

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